miércoles, 1 de agosto de 2007

El nuevo régimen

Presidencialismo o Parlamentarismo: la decisión de México.

México ha sido, desde sus inicios, una nación basada en un poder central sobre el que pasaban todas las decisiones de gobierno. Un poder que controlaba todo y del que ninguna consideración escapaba. El poder político y económico de México se ha visto siempre manejado por Dictadores, Emperadores o Presidentes, dependiendo del periodo histórico, que han concentrado en sus manos el destino del imperio o de la república. Esa concentración histórica de poder dio como resultado el presidencialismo que ha caracterizado a nuestro régimen de gobierno desde el siglo antepasado.

La deformación del régimen presidencial empezó hace cerca de 70 años cuando el Sistema Electoral Mexicano empezó a sufrir una serie de reformas constantes. El modelo resultante de las diversas reformas lo ha convertido en un sistema inadecuado para nuestro país. Un sistema que no corresponde a la realidad de nuestro Sistema Político y que ha producido una parálisis de gobierno visible en la inestable relación que hoy guardan Ejecutivo y Legislativo.

La gran cantidad de reformas realizadas a las distintas legislaciones electorales, prácticamente desde 1933, obedece a dos razones: la primera, a que el partido de gobierno pretendía crear la oposición necesaria para legitimar su poder hegemónico y, la segunda, a que se estaba dando, poco a poco, un desgaste dentro del propio sistema de partidos que requería la aparición de agrupaciones políticas que dieran la ilusión de pluralidad ideológica y tolerancia política dentro de un sistema político hegemónico y rígido.

Obedeciendo a estos factores se fueron haciendo las reformas que se consideraron necesarias y que fueron sentando las bases para el sistema de representación proporcional que hoy tenemos y que, sin duda, dista mucho del sistema de mayorías original.

Pero por qué es el sistema de representación proporcional una “deformación” de nuestro sistema presidencial? La respuesta se encuentra en la clasificación que hace Lijphardt[1] de los sistemas de representación: los de mayorías, lo semiproporcionales y los de representación proporcional. Evidentemente un régimen presidencial no pude encontrar su sustento en un sistema de representación proporcional por el simple hecho de que éste último no permite la conformación de mayorías. Cabe recordar que lo que dota de poder a un sistema presidencial es precisamente eso: la mayoría legislativa. Por lo tanto podemos darnos cuenta de que tenemos una estructura presidencial, construida a lo largo de los años, que se contrapone al sistema de representación que nos rige. No se puede concebir el correcto funcionamiento de un régimen unipersonal de gobierno, que se apoya directamente en las mayorías, junto a un sistema de representación que promueve la multiplicidad de partidos y, por lo tanto, la división ideológica del Congreso.

El sacrificar gobernabilidad por representatividad es la premisa sobre la que descansan los sistemas de representación proporcional, lo que quiere decir que la representación proporcional garantiza la representatividad de cuantos grupos haya dentro del espectro político-social de un país pero no garantiza la gobernabilidad del mismo. Un ejemplo de esto es lo q pasó con la República de Weimar, producto de la Constitución de 1919, en la que se creó un sistema tan representativo que englobó a tantas corrientes políticas que solo se pudo estabilizar con la elección de un Canciller que recuperara el control del sistema y uniformara los criterios políticos: Hitler. Otro caso representativo es el de la Cuarta República Francesa o ,en América, el caso de Venezuela. Como dice el Dr. Diego Valadés: “La “presidencialización” de los sistemas parlamentarios y la “parlamentarización” de los presidenciales, obedece a razones políticas de gobernabilidad: hacer más estables a los primeros y más flexibles a los segundos.”[2]

Las democracias que han sido exitosas en su intento de incorporar un sistema de representación proporcional a sus regímenes presidenciales son mínimas. Para esto solo hace falta analizar los sistemas políticos de la mayoría de los países de América Latina, a excepción de Chile que nunca incorporó el sistema de representación proporcional a su Constitución. Por qué vemos este fenómeno especialmente en nuestro continente? En primer término porque casi todos los países de América Latina poseen estructuras y tradiciones presidencialistas que se apoyan en los sistemas de representación mayoritarios. En segundo lugar porque la representación proporcional es más utilizada en los regímenes parlamentarios, en donde la existencia de partidos minoritarios es vital para la conformación de un gobierno legítimo dentro del parlamento. En este tipo de sistemas las minorías no causan dispersión ya que poseen un verdadero poder de negociación. Cuando un partido logra la mayoría en el parlamento, este tiene derecho a elegir al primer ministro, sin embargo para que el gobierno sea oficialmente instaurado, el partido mayoritario debe negociar con los partidos menores (ya sean favores políticos, concesiones o, inclusive, puestos dentro del gabinete) para que se forme un gabinete plural y que represente a las fuerzas políticas que conforman el parlamento. Es aquí cuando se da la llamada “pluralidad gubernamental” a la que Lijphardt hace mención en su libro Parliamentary versus Presidential Government.

La gran pregunta es: Por qué el sistema electoral mexicano está tendiendo a un parlamentarismo a través de elementos como la representación proporcional? Simplemente porque el modelo de representación proporcional se instauró en México durante el gobierno de Adolfo López Mateos, principalmente como respuesta a la baja popularidad y a la deteriorada imagen que provocaba un gobierno supuestamente democrático pero en el que la oposición aparecía borrada. Sin embargo la oposición tomó tal fuerza que en 1987 se hace una de las reformas más importantes a la Ley Electoral en la que se aumenta en 200 el número de Diputados nombrados por representación proporcional (40% de la Cámara) con el objeto de otorgar mas espacios a la oposición sin que el partido hegemónico soltara las riendas de la Cámara. Hoy vemos que las reformas no han servido más que para dar la imagen de un Congreso plural pero que se encuentra divido y, por lo menos en nuestro caso, la mayoría de las veces, inoperante. Lo grave de responder esta pregunta es que nos damos cuenta de que las reformas electorales de México fueron respuestas a problemas que se presentaron, no fueron resultado de un estudio ni de una intención clara de darle al país un sistema más democrático y representativo ni un nuevo régimen, simplemente son parches que se hicieron para flexibilizar un poco el sistema pero no para cambiarlo, se buscaba hacer pequeños cambios que aseguraran al PRI su permanencia en el poder durante largo tiempo. Lo que se quería era una democracia simulada, un espejismo para mantener bajo control a las pequeñas fuerzas opositoras que comenzaban a surgir.

En resumen podemos decir que:

*México es, constitucionalmente, una república presidencial a la que no correspondería un sistema de representación proporcional propio de un régimen parlamentario pero que parece tender a él gracias a una serie de reformas electorales mal planeadas y hechas solo para “salir del paso”.

*El sistema de representación proporcional en México no es tan proporcional como pretende ya que, al permitir un margen de 8% (cláusula de gobernabilidad con otro nombre, que será tema de otro estudio) sobre el número de votos obtenidos, puede otorgar o quitar cierto nivel de representación a los distintos partidos, sean grandes o chicos.

*El sistema de representación proporcional es utilizado en las democracias parlamentarias ya que con este “nivel equitativo de representación” se obliga al partido mayoritario a negociar con las minorías para así “formar gobierno” y que las elecciones sean oficialmente declaradas como válidas. Los partidos menores juegan un papel importante ya que se vuelven piezas fundamentales en la creación del gabinete del ejecutivo.

* La naturaleza contraria de los modelos presidencial (histórico) y parlamentario (resultante) provoca que nuestro sistema electoral esté conformado de una manera extraña que produce una parálisis legislativa al no haber mayorías y propicia, también, una mala relación con el Ejecutivo.

*En México el Ejecutivo es electo mediante voto directo, por lo que la designación del gabinete se vuelve objeto de otra materia diferente a la legislativa. Los partidos menores no trabajan como una verdadera representación sino como peones en un juego dominado por los partidos mayoritarios.

Por lo tanto, y después de de lo ya expuesto, la decisión de México es relativamente sencilla pero requiere de un cuidado y una dedicación sin precedentes. Requiere de un compromiso que trascienda la barrera de lo partidista y de lo individual, de los intereses económicos y de grupos, requiere de un compromiso nacional adoptado por todos y cada uno de los involucrados. Lo que está en juego es la gobernabilidad, la estabilidad, la legitimidad, la cultura y la historia de un país entero. Seamos precavidos.
[1] Lijphart, Arendt, Democracies, Pattems of Majoritarian and Consensus Goverment in Twenty-One Countries. New Heaven, Yale University Press, 1981, cap. 9. Electoral Systems: Majority and Plurality Method vs. Proportional Representation
[2] Valadés Diego, El gobierno de gabinete, Ed. UNAM, México, 2003. P.16

1 comentario:

Tona dijo...

Es un tema un tanto añejo en la discusión política, pero vaya que en la región no hemos hecho absolutamente nada por resolverlo. Sería difícil defender el presidencialismo mexicano contra el avanzado y complejo parlamentarismo inglés, dado que no sólo intervienen factores de índole legal-político, sino de una consolidada cultura política y sentimiento de institucionalidad por parte de los actores políticos. No me queda claro que pudiéramos asegurar un desarrollo político transitando hacia el parlamentarismo, dado y antes que nada por nuestro bagaje histórico (dentro de las figuras imperiales, olvidaste mencionar al Tlatoani, el más antiguo de todos!), pero me parece un excelente apunte el de la inutilidad de la figura de la representación proporcional. Como bien dices, resulta un lastre para los nuevos tiempos políticos, que -juzgando el hecho de que la política sigue siendo fin y medio- no parecen tan nuevos. Saluditos yoryi!